La esposa de Mu Tianmiao, el viejo Señor del Inframundo de la Orden, y madre del joven señor Mu Xiaokui. Era hija del general Wan de la corte, y no pequeña parte tuvo en la fundación de la Orden. De natural era franca y abierta, de habilidad marcial alta, y su ambición mayor que la de casi cualquier hombre, aunque bajo la franqueza había buen juicio.
En el año veintidós de la Orden, Wan Qiaoru murió de parto, y su arma, la Emperatriz de Acero, quedó para su hija Mu Xiaokui.
Wan Qiaoru era mujer, pero su fuerza superaba con mucho la de cualquier hombre, y eso fue lo que le permitió manejar la hoja que la corte había entregado en secreto a su padre: la Emperatriz de Acero. El tamaño mismo de aquella espada de mando, su hechura, incluso su peso, iban muy por encima de los límites de su época; la forjó un departamento de investigación ultrasecreto del Ministerio de la Guerra de la corte. Si se le infundía el propio Sha, la espada amplificaba aquel Sha sin límite y lo volvía a liberar, con el poder terrible de hacer añicos cualquier cosa como si fuera porcelana.
A cambio, la hoja exigía de quien la llevaba una fuerza y una constitución enormes, y quizá por eso el general Wan la había tratado siempre como poco más que una muestra del favor imperial, sin llegar a usarla nunca de verdad. Luego Wan Qiaoru se la llevó en secreto cuando se marchó, y desde aquel día no se separó de ella hasta su muerte. La espada de mando fue también el único medio por el que Mu Xiaokui podía seguir sintiendo la presencia de su madre.
Wan Qiaoru era hija del general Wan de la corte. Criada en casa de un general, era abierta, directa y de habilidad marcial alta.
Cómo se conocieron en realidad Wan Qiaoru y Mu Tianmiao ya no puede establecerse. Lo que está fuera de duda es que ella quiso siempre romper el orden viejo de un golpe y poner reglas nuevas, y que ese era el mismo fin que tenía Mu Tianmiao. Así que desde el día en que Mu Tianmiao se decidió a levantar algo propio, Wan Qiaoru lo siguió, y no poco mérito le ganó.
A diferencia del calculador y prudente Mu Tianmiao, Wan Qiaoru tenía más genio de hombre, lo que no quiere decir que fuera toda fuerza y nada de finura.
La destrucción de la Sociedad de los Diez Mil Demonios lo demuestra. La Sociedad había sido durante años la gran amenaza de Mu Tianmiao; él le dio vueltas un año entero y al final produjo un plan soberbio que iría carcomiendo y quebrando la secta poco a poco desde dentro.
Mu Tianmiao ya no recordaba por qué se lo había contado a Wan Qiaoru, ni qué esperaba cuando aguardó el veredicto de aquella mujer callada que lo escuchaba. Wan Qiaoru dijo que el plan era brillante y sin costuras, pero que no era cosa que haría un hombre; para borrar del mapa a la Sociedad de los Diez Mil Demonios no hacía falta nada tan engorroso.
Mu Tianmiao había decidido hacía mucho que Wan Qiaoru tenía más ímpetu que cálculo cuidadoso, así que la respuesta no lo sorprendió y se lo tomó a risa.
Lo que no esperaba era que tres días después Wan Qiaoru se plantara otra vez ante él, la armadura de plata ensangrentada, el pelo oscuro al viento y en la mano la cabeza del señor de la Sociedad de los Diez Mil Demonios.
Mu Tianmiao temió que aquel acto temerario les echara encima a la Sociedad. Antes de que pudiera poner el miedo en palabras, Wan Qiaoru le dijo que la Sociedad ya había sido borrada hasta el último hombre: sabía que no lo iban a dejar pasar, así que por supuesto no dejaría problemas atrás; había volado la presa río arriba y había convertido a toda la Sociedad en una sábana de agua.
Le dijo, sonriendo, que valor y astucia juntos son lo que hace a un general; que solo los temerarios no sirven para nada, y no son dignos de caminar a su lado.
El Wulin cambia como el tiempo y la muerte le sigue de cerca, y quienes viven en él rara vez esperan de verdad envejecer junto a una pareja.
Mu Tianmiao sabía perfectamente que la probabilidad de que los dos se vieran pasados los setenta era casi nula. Metidos en capa sobre capa de tramas, el final más probable era que uno de los dos dejara antes aquel mundo de matanza.
Pero no había previsto que Wan Qiaoru, que lo había acompañado a atravesar la fundación de la Orden y la Guerra Dragón-Demonio, muriera al final de parto. Los artistas marciales son duros en el mejor de los casos, y Wan Qiaoru era hija de tigre y de casa de general, más fuerte que nadie; Mu Tianmiao no encontraba razón, por mucho que la buscara, de por qué había pasado.
Tras largos años sin encontrarla, Mu Tianmiao, que nunca había creído en el destino, empezó a sospechar que era un castigo. Recordaba con claridad que, después de encerrar al señor del Bastión de Mó, la esposa de aquel señor había muerto de parto de puro dolor. Quizá fuera el destino burlándose de él, o quizá la maldición de aquella dama desesperada.
Mu Tianmiao acabó aceptando que Wan Qiaoru ya no estaba. Desde entonces, en el resto de una vida llena de sospechas y de dobleces, solo sus recuerdos guardaban una luz única, clara y suave.