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Banyuehua

Antigua jueza suprema de la Oficina de la Rectitud de la corte imperial: odiaba el mal como si este la hubiera agraviado en persona, sostenía que había que arrancarlo hasta la última raíz y no cedía un ápice ante favores ni sobornos.

Soul in a low combat stance on a rain-slick bridge, a blue blade arc sweeping past.

Fue jueza suprema de la Oficina de la Rectitud de la corte imperial: una mujer que odiaba el mal como si este la hubiera agraviado en persona, que sostenía que había que arrancarlo hasta la última raíz y que no cedía un ápice ante un favor ni ante un soborno. En el decimotercer año de la Orden, por orden de la corte, encabezó a sus subordinados hacia la reunión de Tianling Peak, y después se perdió su rastro.

Tras entrar en el Consejo de Once, aquel sentido de la justicia se le torció todavía más: pasó a sostener que todo crimen merecía la muerte, por pequeño que fuera y fuera cual fuera la razón que hubiera detrás.

Quizá la Banyuehua que de verdad quería limpiar el mundo de inmundicia murió en Tianling Peak hace mucho tiempo; la que volvió de allí no era más que una envoltura incapaz de soltar su obsesión…

Como jueza de la Oficina de la Rectitud, Banyuehua no podía quedarse detrás del telón: todo lo contrario, solía dar ejemplo yendo ella misma al frente, y recorría las comarcas para apresar a los culpables con sus propias manos.

Una mujer al servicio del estado no llevaba, naturalmente, las armas de un luchador cualquiera. Su armamento, «Flores Enterradas bajo la Luna», es en realidad el nombre conjunto de dos armas: el Sable de la Luna Brillante, colgado a su izquierda, y el Arcabuz de las Flores Enterradas, colgado a su derecha. Su dominio exquisito del par le permitía una y otra vez lograr un efecto de 1+1>2.

Después de la Masacre de Tianling, Banyuehua aceptó la trascendencia. Las partes rehechas fueron una pequeña porción de la mitad izquierda de la cara —la boca exceptuada— y todo el costado izquierdo. Transformada así, podía ejecutar técnicas marciales mucho más poderosas y colocar un disparo certero en el instante siguiente al de conectar su sable; casi nadie podía esquivarlo.

Antes de la Masacre de Tianling

En el undécimo año de la Orden, Banyuehua se convirtió en la novena jueza de la Oficina de la Rectitud: una jueza que se negaba a hacer las cosas según las reglas del Wulin y que quería devolver la Oficina a lo que había sido en su origen.

Para entonces la Oficina estaba hueca. Los poderes del Wulin y los funcionarios del Ministerio de Justicia llevaban tanto tiempo confabulados que el cargo existía solo de nombre y sus agentes cobraban sin hacer nada. Fue precisamente eso lo que llevó a la inflexible Banyuehua a proponerse poner en orden la institución y hacer algo que valiera la pena.

Poco después de tomar posesión cerró varios casos sonados. Los piratas que campaban desde años por los alrededores del puerto de Kuigang fueron barridos bajo su mando, y hasta Shen Ba, el Octavo Anciano —aquel gran potentado que durante tanto tiempo había mandado en Nancheng con siete sectas y quince bandas en la mano— acabó en la cárcel imperial gracias a sus gestiones. Su manera de actuar, radicalmente distinta, hizo que las grandes casas y los ricos comerciantes la temieran y la odiaran a la vez, y ya había entre ellos quien gastaba dinero en contactos de la capital con la esperanza de que la quitaran de en medio desde arriba.

En el decimotercer año de la Orden, un personaje misterioso en Tianling Peak lanzó invitaciones a los héroes y reunió a los mejores luchadores del reino para contemplar juntos el Tomo Celestial. Banyuehua recibió entonces órdenes del Ministerio de Justicia: ir a Tianling Peak y apoderarse del Volumen Restante del Tomo Celestial. Subió a la montaña con la flor y nata de la Oficina y esperó su momento…

Después de la Masacre de Tianling

Cuando terminó la Masacre de Tianling, Banyuehua resultó ser una de las nueve supervivientes. Y supo por fin que los de arriba conocían desde hacía tiempo el peligro del Tomo Celestial y habían previsto que ocurriría algo como la masacre. Arrebatar el Volumen Restante de manos de los mayores maestros marciales del reino estaba además muy por encima de las fuerzas de Banyuehua y de la Oficina. Aun así dieron la orden, porque querían que aquel intento acabara con ella.

Al conocer la verdad, Banyuehua quedó por completo desengañada de sus superiores, pero su determinación de defender la ley del Wulin se volvió más firme que nunca: esa necesidad había desbordado ya lo que la corte esperaba de su lealtad y se había convertido en una obsesión personal. Para juzgar el Wulin con sus solas fuerzas llegó a un entendimiento con los otros diez: juntos desmontarían el Tomo Celestial y desarrollarían lo que contenía, y ella, como los demás, se sometió a la trascendencia que aquello exigía.

No mucho después, Banyuehua se propuso reconstruir por su cuenta la Oficina de la Rectitud. Envió cartas por todas partes y llamó a los veteranos que aquel año no habían subido con ella a Tianling Peak. Tal era el magnetismo de su carácter que fueron llegando uno tras otro y, como ella, aceptaron la trascendencia y se unieron a su «nueva» Oficina de la Rectitud.

En el trigésimo primer año de la Orden, el Consejo de Once decidió llevar a cabo la «Floración por los Cuatro Frentes»: cada miembro llevaría a su gente a una ciudad del Phantom World para alzarla en rebelión. Banyuehua condujo a su Oficina de la Rectitud a la ciudad más revuelta del Phantom World: Huangcheng, en el suroeste.

Como Huangcheng había sido siempre de difícil acceso y de condiciones de vida pésimas, sus sectas se habían criado rindiendo culto a la violencia y dirimían sus diferencias a sangre y fuego. Más tarde, bajo los auspicios de Bie Yingzong, el hampa y la gente de bien de la ciudad hicieron las paces: cada parte se quedó en su lado de la raya y ambas acordaron no molestar más de lo necesario a los vecinos de Huangcheng, y la ciudad disfrutó de una calma que rara vez tenía.

Y justo entonces llegó Banyuehua. Arrastrada a la vez por un sentido de la justicia torcido y por la sed de matar que la trascendencia le había dejado dentro, empezó a dictar sentencia sobre cuanta «culpa» reconocía, sin distinción alguna; y para la gente que vivía al filo del cuchillo la sentencia era siempre la misma: decapitación, ejecutada en el acto.

Cada vez que ejecutaba una de esas penas con sus propias manos, sentía que por fin se hacía oír la justicia que la antigua Oficina de la Rectitud había defendido. El precio fue que su implacable mano dura no trajo a Huangcheng ningún orden estable: la ciudad no hizo más que volverse más caótica.

Al final, incapaces de soportar por más tiempo su gobierno de hierro, los hombres del Wulin de Huangcheng se unieron y se dispusieron a contratar a la misteriosa Orden, para pedirle que enviara a alguien que ayudara a liquidar la Oficina de la Rectitud.

La Orden aceptó el encargo y envió a uno de sus Enviados Vivientes, Lei Dang. Pero el estado de Huangcheng superaba cuanto la Orden había imaginado, y pronto dejó de saberse también de Lei Dang.

Por eso el Señor del Inframundo envió a su vez a su hijo adoptivo, Soul, a Huangcheng. Otra tormenta de sangre estaba a punto de desatarse…

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