Un guerrero juramentado que Long Wu había colocado de antemano en el pueblo de Baihe —guardado allí por si llegaba un día que tal vez no llegara nunca—, el Qilin había vivido siempre como un plebeyo cualquiera. Su habilidad no servía de nada en aquella villa, y ni una sola vez le pesó. Para él, morir de viejo allí era quizá el mejor final posible, porque habría significado que la familia de su señor estaba a salvo.
Luego, en el año doce de la Orden, unos golpes apresurados en la puerta le recorrieron como la onda que se abre en el agua quieta y fueron torciendo poco a poco la segunda mitad de su vida hacia una dirección que nadie habría podido adivinar.
¿Cuánta espera en este mundo dura una vida entera? ¿Cuánta gente pasaría una vida entera cumpliendo una sola promesa? Al Qilin no le importaba gastar su vida en un pueblecito llamado Baihe; incluso deseaba que su vida fuera así. Porque eso habría significado que aquel hombre y su familia estaban bien.
Aquel hombre era Long Wu, el más prometedor de la línea directa de los Long, que en otro tiempo le había hecho al Qilin un gran favor. Desde entonces el Qilin lo siguió de buen grado y le sirvió.
Todos decían que Long Wu era el que más probabilidades tenía de ser el próximo cabeza de la familia Long. Long Wu sabía muy bien que sus hermanos y hermanas no lo iban a dejar pasar así como así.
Por eso había colocado al Qilin en el tablero desde muy pronto, escondido de todo lo que estaba a punto de ocurrir.
Tras años de entrenamiento, el Qilin esperaría en silencio en el pueblo de Baihe: toda una vida, o hasta que llegara la gran tarea.
Si no pasaba nada, tanto mejor: Long Wu ocuparía el puesto y tendría el poder, y aunque la habilidad del Qilin quedara sin usar, podría vivir sus años en paz.
Pero la rueda del destino acabó rodando por la otra vía.
Aquel día unos golpes apresurados lo sobresaltaron. En su puerta había una mujer: una mujer agotada y malparada.
En brazos, apretado contra el pecho, llevaba un bebé.
El Qilin lo entendió al instante: a su bienhechor le había caído encima la desgracia, y su propia tarea acababa de empezar.
Se llamaba Mo Zhaoyun, era doncella de la esposa de Long Wu, y el bebé que llevaba en brazos era, claro, el único hijo de Long Wu. La tarea del Qilin y de Mo Zhaoyun era criar al niño entre los dos, para que algún día los Long pudieran ser restaurados.
Y entonces el Qilin se fijó en algo. Tras haber seguido a Long Wu durante años, conocía la nobleza innata del hombre: una cualidad de la que hasta un bebé pequeño lleva una traza tenue. En aquel bebé, del que se decía que era hijo de Long Wu, no había ni rastro de ella.
El Qilin tuvo sus dudas. Pero la conversación que siguió demostró que aquella mujer era de verdad la doncella de la esposa de su señor, así que dejó la duda a un lado y decidió criar al niño con Mo Zhaoyun. Lo llamaron Long Fuyuan, lo trataron como a un hijo propio y lo educaron con esmero.
Con los largos años, los tres, que habían empezado siendo extraños, se volvieron tan cercanos como la sangre, sosteniéndose unos a otros en tiempos revueltos y guardándose las espaldas.
Tal como Long Wu le había pedido, el Qilin le dio a Long Fuyuan la insignia de la familia Long, le enseñó el arte de la espada de los Long y le transmitió el manual de esgrima de la familia: todo lo que tenía, a fondo. Todo, salvo la única cosa que corre en la sangre de los Long: el aura dorada de espada.
Según crecía, Long Fuyuan se hizo apuesto y gallardo, su esgrima de los Long alcanzó maestría verdadera y había elegancia en todo lo que hacía. Cada vez se parecía más a un heredero auténtico de los Long, salvo en una cosa: nunca lograba sacar el aura dorada de espada que representa a la familia.
Ante un muchacho que lo intentaba con todas sus fuerzas y aun así no alzaba el aura, el Qilin lo achacaba a su edad, mientras su propia duda se le hacía más pesada. Recordando la primera vez que vio a Long Fuyuan, para entonces estaba casi seguro de que el chico no era hijo de Long Wu.
Y aun así el Qilin enterró la duda. Por un lado, aunque el chico no fuera hijo de Long Wu, la familia Long había caído y el heredero verdadero había desaparecido; Fuyuan podía sostener igualmente el nombre de la familia y restaurarla. Por otro, en los años junto a Mo Zhaoyun y el niño había llegado a quererlos, y no estaba dispuesto a abrir él mismo la pregunta y romper aquella familia.
En el año treinta y uno de la Orden estallaron los Disturbios de las Máscaras, y Long Fuyuan decidió salir al Wulin como un espadachín sin nombre y, una vez que su nombre hubiera crecido por su propio mérito, declararse heredero de los Long; y entonces todos acudirían a su llamada. Viéndolo marchar, lleno de vida, el Qilin y Mo Zhaoyun se quedaron en la puerta rezando por él: que triunfara, y que volviera sano y salvo.
Al principio todo salió como Long Fuyuan había previsto. De vuelta en el pueblo de Baihe, el Qilin y Mo Zhaoyun tenían noticias suyas a menudo: sacaba de apuros a gente ortodoxa por donde pasaba, y muchos veteranos del Wulin reconocían al instante al heredero de los Long por cómo se movía y por cómo usaba la espada. En poco tiempo, sin declarar nunca quién era, había reunido un séquito de luchadores ortodoxos que eligieron seguirlo.
Pero los accidentes llegan sin avisar. Un día Long Fuyuan apareció en el pueblo de Baihe, inquieto, claramente cargando con algo pesado. Ya en casa dijo enseguida que quería hablar con la esposa de su maestro, y los dos tuvieron aquella conversación.
Lo que el Qilin no esperaba era que después Long Fuyuan enloqueciera, saliera y desapareciera.
Así que el Qilin y Mo Zhaoyun, cada uno con su secreto, salieron a buscar a su hijo, y no volvieron a ver al muchacho que habían criado durante más de veinte años.
Lo que Mo Zhaoyun no sabía era que el pasado que ella había escondido con tanto cuidado había dejado de ser un secreto para el Qilin hacía mucho.
Y lo que el Qilin creía era que, mientras él no lo dijera en voz alta, ella estaría más tranquila por dentro.
Al final, siguiendo las pistas, los dos llegaron a la antigua residencia de Long Wu, la Mansión Xinglong, y la encontraron ocupada por Enmascarados de toda clase, y muchos de ellos incluso podían desplegar un aura dorada de espada.
Los dos registraron la mansión buscando al chico, y justo cuando entraban en el antiguo dormitorio de Long Wu, la cámara Qilong, llegó en ese mismo momento la gente de la Orden.
Reconociéndolos de un vistazo, los dos tomaron posición para pelear a muerte. El hombre que había llegado dijo que ninguno de los dos había pasado por la trascendencia ni era persona malvada, así que no había necesidad de que él alzara la mano.
Mo Zhaoyun contestó por los dos. Primero, la familia Long había sido destruida por la Orden, y los dos cargaban con una deuda de sangre que jamás podría saldarse. Segundo, la gente de la Orden había venido buscando al chico, y como padres del chico tenían que protegerlo.
Así que los dos bandos pelearon con dureza sobre el tejado de la cámara Qilong, y el Qilin y Mo Zhaoyun salieron algo peor parados: los dos, muriéndose.
En lo último de sus vidas se contaron todo, y solo entonces supo él que ella no había estado ni una vez en paz, guardando aquel secreto a solas.
Mirando atrás una vida, el gran error ya estaba cometido, y lo único que lamentaba era justo eso.
Porque haberla conocido y haber estado a su lado ya bastaba para llenar todos los pesares de una vida.
El Qilin miró a Mo Zhaoyun y sonrió. En ese momento su corazón estaba más tranquilo y más en paz que nunca.
Antes de cerrar los ojos, cada uno vio en los ojos del otro el amor de toda una vida y un mundo entero dentro.
El único deseo del Qilin era que en otra vida pudiera formar una familia de verdad con Mo Zhaoyun y Long Fuyuan, y vivir juntos una vida corriente, tranquila y feliz.